Luna llena de tambores

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CULTURA

Luna llena de tambores

 

Cuando llegué al evento llamado Luna llena de tambores, me encontré con que todo mundo estaba sentado en el piso o en tapetes. La gente tenía comida y bebidas. Los niños reían y corrían entre la gente. Cada persona que llegaba buscaba los mejores puestos, y a veces podías escuchar que alguien discutía por un espacio. Había miles de panameños y todos querían tener una vista clara: de la tarima y del cielo.

 

Una vez que comenzó el evento, mi corazón empezó a latir al ritmo de la música y mi sangre a correr vertiginosamente por mis venas. Contagiado, agarré mi cubeta, la volteé y con los palos azules y amarillos que nos dieron empecé a seguir el ritmo de la música. El tronar de los tambores (o mejor dicho, cubetas) retumbaba en mis oídos. Me sentía en un estado de euforia. De repente recordé que estábamos allí para ver la luna llena. Subí mi mirada hacia el cielo. Por un momento me preocupé, pues solo veía algunas estrellas, pero cuando “escanié” bien el cielo, pude encontrar la luna: era la luna más completa y brillante que había visto en mi vida. Imaginé su energía y sentí la fuerza de su luz que rompía la oscuridad en calles vacías y de olas marinas contra la arena.

 

Hubo un receso. Comimos emparedados y galletas de chocolate. Artistas cantaban y bailaban para animar a la muchedumbre. Coreaban: “Ya llegó la luna llena, ya llegó, ya llegó”. Todos seguíamos a Alfredo Hidrovo (“Derecha izquierda, izquierda derecha”) con los palos, generando melodías llenas de energía. Las bocinas temblaban con el sonido del tambor principal y las pantallas brillaban y proyectaban todo lo que sucedía. No solo había músicos; también había bailarines, personas en zancos gigantes y otros que hacían malabares con antorchas de fuego.

 

El ambiente y la experiencia eran únicos. La alegría y la emoción de la gente se sentían en todas partes. Chicas en polleras y en otros vestidos típicos bailaban, como expresión de la cultura de nuestro bello país. Bailamos hasta que nuestros pies no podían más. Nos movíamos de un lado a otro, riendo y cantando. Nos quedamos allí hasta la media noche. No solo habían puestos de comida, sino también de artesanías y de camisas que decían #soylunero. Compramos pulseritas coloridas y una gorra con una hermosa mola que la decoraba en la parte de adelante. Había un parque y con mi papá fui a columpiarme y deslizarme por los toboganes. Comimos paletas de limón.

 

Definitivamente, fue una experiencia inolvidable.

 

Para mí, la luna llena ya no es solo ese faro brillante del cielo nocturno, sino una luz por la que cada mes, cuando subo la mirada, me lleno de alegría pues me recuerda la rumba de mis hermanos: el pueblo panameño.

 

Este evento familiar tan lleno de felicidad y de buena energía te ayuda a olvidar, por una noche, todos tus problemas y te permite vivir la vida al máximo: al estilo panameño.

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