El golpe de estado a Arnulfo Arias

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EVENTOS

El golpe de estado a Arnulfo Arias

 

Eran las cuatro. Rubén iba saliendo del trabajo. Hoy no le tocaba trabajar de noche. Tenía 19 años y tenía un empleo en el Club Unión, como mesero. Su padre, desde hacía mucho tiempo, trabajaba como guardia en el Palacio de las Garzas. Usualmente, en el camino hacia la casa Rubén se topaba con su padre, ya que sus lugares de trabajo no estaban muy alejados.

Iba llegando, y no veía por ningún lado a su padre. Nervioso, decidió ir a ver si seguía en el trabajo por alguna razón que no le hubiera mencionado.

Al recordar parte de lo que había estado haciendo últimamente el presidente de la república, Arnulfo Arias, los pelos se le pusieron de punta. Este, recientemente había mandado a arrestar a varios políticos y funcionarios opositores, y Rubén sabía muy bien que su padre no estaba de acuerdo con las acciones del presidente Arias.

Iba llegando a la Presidencia, cuando se topó con una leve conmoción.

En la entrada de la Presidencia, preguntó si podía pasar a buscar a su padre. Por alguna razón le dijeron que no, y que se fuera. En ese instante, disparos se escucharon desde el interior del edificio. Rubén buscó un lugar cercano y seguro para refugiarse.

Se sintió que en los barrios cercanos se formaban tumultos. La preocupación de Rubén llegaba a su más alto punto.

Cuando escuchó que los disparos cesaron, Rubén intentó pasar entre la multitud. Quería entrar a la presidencia para ver si su padre seguía ahí y si estaba bien. Después de luchar unos minutos para salir del gentío, logró encontrar rota una parte de la cerca de la presidencia. Entró por ahí.

Guardias y policías salían. Médicos llevaban cuerpos heridos y muertos. Al confirmar que ninguno de ellos era su padre, Rubén entró al Palacio de las Garzas. Adentro la confusión era aún mayor. Gritó el nombre de su padre por todos los pasillos que recorrió, sin respuesta, hasta que llegó al piso de arriba, en donde escuchó gemidos de dolor que provenían del despacho del presidente. Entró al gran salón. Había en el piso dos cadáveres junto a un hombre gravemente herido. Al ver la cara agonizante de su padre, con un mínimo rastro de vida en ella, Rubén corrió y se lanzó sobre él. Lloró sobre el cuerpo de su padre moribundo, y este, con sus últimos suspiros, le dijo con un suave tono de voz: “Te amo, hijo. Nunca lo olvides.”

Impactado por la repentina muerte de su padre, Rubén, con el cadáver de su padre entre sus brazos, bajó por las escaleras de la Presidencia. Encontró a unos médicos, quienes le confirmaron el fallecimiento de su padre.

Después del funeral, Rubén no salió de su casa por varios meses.

Cuando logró recuperar los ánimos, Rubén volvió al trabajo. Contó por los vecindarios su triste historia y esparció su gran resentimiento contra el señor Arnulfo Arias.

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